Umar Rashid

En Garde / On God

6 de noviembre – 18 de diciembre, 2021
Los Angeles

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Blum & Poe se complace en presentar En Garde / On God (En Garde/En Dios), la primera exposición individual de Umar Rashid en la galería. En nuevos cuadros, dibujos y piezas escultóricas, Rashid presenta un nuevo capítulo de su proyecto de quince años de documentación de la historia ficticia del Imperio Fringlés (1648-1880). Inspirado en los argumentos que aparecen codificados en las historias canónicas de los imperios y sus colonias, y aún más por aquellos creados por los marginados y borrados del registro histórico, Rashid conjura un mundo repleto de complejos lenguajes iconográficos que utilizan sistemas de clasificación, mapas y diagramas cosmológicos. Canalizando los léxicos visuales del hip hop, la cultura pop antigua y moderna, la vida en las maras y las prisiones, y movimientos revolucionarios de diversas épocas, Rashid trata de subrayar en estas obras el papel que juegan raza, género, clase y poder en los problemas históricos de cómo contar la historia.

En su relato de un párrafo "Sobre la exactitud en la ciencia", el autor argentino Jorge Luis Borges evoca un imperio sin nombre y sin ubicación, tan preocupado con la precisión en el arte de hacer mapas que sus cartógrafos acabaron produciendo "un Mapa del Imperio cuyo tamaño era el del Imperio, y que coincidía punto por punto con él". Las generaciones posteriores no compartieron este gusto por la exactitud y, al no ver el sentido de tal mapa, lo abandonaron: "En los desiertos del occidente, todavía hoy", concluye el relato, "hay ruinas Destrozadas de ese mapa, habitadas por animales y mendigos; en todo el orbe no existe otra reliquia de las disciplinas de la geografía". Adiós, geografía: una disciplina que  se desvía tanto que logra, aunque sólo por un instante, que el mapa se apodere del territorio.

Consideremos este mapa en ruinas: una copia en papel de cebolla de todo un imperio, desmenuzado, rasgado y desgarrado hasta los jirones, reducido a cuerdas de mausoleos de origami al mundo real. Todo insólito y grotesco hasta que, tal vez siguiendo el rastro de las pistas burlonas de Borges, llegamos a reflexionar precisamente sobre lo que en un imperio es tangible más allá de las palabras. Claro, la tierra que los imperios reclaman puede ser capturada, excavada, volteada, ocupada y desfilada. Pero los imperios también están hechos de cosas menos concretas que la tierra: mitos, mentiras, sueños apuntalados o pisoteados, historias susurradas dulcemente en algunos oídos y martilladas ruidosamente en otros.

Los imperios se construyen sobre montañas de cadáveres, pero la verdadera cuestión es que los cadáveres hablan si se les deja. Los imperios pueden enorgullecerse de la sangre derramada, o apartarse avergonzados de ella; en cualquier caso, se colocan y escriben sobre ella, uniendo relatos verdaderos con hilos dorados de fantasía. Así es también como se hacen los mapas imperiales. Son diseñados para cubrir enormes extensiones de tierra con un barniz resbaladizo de palabras, para ocultar mejor las capas interminablemente solapadas de vidas y oleadas de hechos, cada ciclo cubriendo el anterior, construyendo monumentos aquí y erosionándolos allí, dando forma al paisaje que hay debajo.

Así y todo, cada cadáver tiene una historia, aunque los relatos imperiales exijan a veces que esas historias se dejen de lado. Se abren paso, hacen agujeros, siempre desafían a la historia oficial, amenazan siempre con arruinar la supuesta exactitud totalizadora de la cartografía imperial. En 1834, la poetisa Lydia Sigourney Huntley prologó su obra "Nombres de los indios" con la siguiente pregunta: "'¿Cómo se puede olvidar a los hombres rojos, mientras tantos de nuestros estados y territorios, bahías, lagos y ríos, están indeleblemente estampados con los nombres que ellos les dieron?". Huntley se hacía la lista: No fue tanto que los nativos americanos pusieron esos nombres a la geografía, sino que los europeos los extrajeron y reutilizaron para ocultar sus actos violentos. Contemplen esta hazaña de alquimia fría: las palabras convocan a una nación a la existencia, cociendo países a partir de carnicerías y haciendo que gente se desvanezca en el aire. Los mapas imperiales no se extienden literalmente sobre ningún territorio, sino que lo hacen de forma figurada, y sus "jirones" están por todas partes, en nombres que marcan la tierra con tinta indeleble.

¿Y si decidiéramos revertir ese proceso?

***

Umar Rashid se hizo llamar una vez Frohawk Two Feathers, un seudónimo que se dio a sí mismo y que ahora ha abandonado. Este desprendimiento refleja la enorme tarea que se propuso hace años: descubrir y representar lo que hay debajo de los nombres en el mapa andrajoso que tan a menudo confundimos con la historia. El trabajo de Rashid invierte el de los cartógrafos de Borges: allá donde va, levanta de las reliquias de sus sueños provincias e imperios perdidos y nonatos. La obra de Rashid no se detiene en la supuesta exactitud de la cartografía de Borges, sino que excava los estados enterrados en los márgenes de los libros de historia no leídos. Convoca la verdad que esconden entre sus líneas.

Antes de ser el trigésimo primer estado de la unión, California fue durante menos de un mes una república independiente; había sido dos provincias del Primer Imperio Mexicano una vez que la independencia la despojó de su antiguo nombre de Nueva España. En Alta y Baja California, provincias del tamaño de un continente, el poder europeo residía en una red de misiones jesuitas que hacían las veces de fuertes militares, espacios de opresión temporal y secular a la vez: cuántos nombres de santos ensartados en los mapas como cuentas de un rosario. Antes de que los monjes levantaran sus cruces, los conquistadores habían trazado el camino y, de nuevo, siempre con nombres. Enfrentados por primera vez a la gigantesca región, pegaron el territorio a un mapa de ensueño: El bestseller del siglo XVI, Las aventuras de Esplandían, de Montalvo, describe la isla de California, poblada únicamente por fuertes mujeres negras, domadoras de grifos sedientos de sangre, y gobernada por la reina Calafia. Las amazonas paganas se enteran de las guerras religiosas de Europa y ven la oportunidad de que el mundo conozca su valor, pero las californianas, sus grifones y su reina quedan subsumidos en la narrativa europea. Calafia se casa con un caballero y vuelve a California. Se acabó el juego, dice el narrador: "Nos reservamos el derecho a decir más sobre lo que fue de ellas porque, si quisiéramos hacerlo, sería una historia interminable". Tiene que haber un principio y un final; fronteras en el lugar y en el tiempo, aunque sean arbitrarias, que refuerzan las fábulas de singularidad y ocultan que gran parte de la historia está hecha de los mismos errores.

El imperio Fringlés, cuya historia relatan las obras de Rashid en todos los rincones del mundo conocido, puede no haber existido realmente; sin embargo, el espectador reconocerá las misiones, las facciones beligerantes, los retazos de colonias e imperios remodelados a medida que las mareas globales de la guerra y el comercio chocan con innumerables trayectorias individuales. Escuchará acentos familiares en sus historias de heroísmo y oportunismo mezquino; en sus retratos de héroes y villanos: colonizadores sedientos de sangre y oro y los funcionarios religiosos que los absuelven; antiguos soldados imperiales que encuentran en las alianzas con los rebeldes indígenas el verdadero significado de la libertad; mujeres campesinas obligadas a vivir la venganza y la violencia; gobernantes desventurados asesinados mientras duermen y masas sin nombre que aplauden la hazaña. Los artefactos, las banderas desgastadas por las batallas, los mapas antiguos: los restos de días que, aunque nunca fueron, le harán preguntarse cuánto sabe realmente de los que han sido. Y por qué.

En garde: entra armado y listo. Aunque es lúdica y humorística, la obra de Rashid no ha de tomarse a la ligera. Conlleva un reto: cuando te atreves a mirar a través de las lágrimas del mapa, ¿de quién es la historia que ves?

¿Cuál de estas naciones te reclamaría?

— Gregory Pierrot, Profesor Asociado de inglés, University of Connecticut at Stamford

Umar Rashid (n. 1976, Chicago, IL) se licenció en cine y fotografía en Southern Illinois University, Carbondale, IL. El año pasado, su obra se expuso en The Huntington y el Museo Hammer como parte de la bienal Made in LA 2020: a version. Entre sus recientes exposiciones institucionales individuales se encuentran ¿Qué color tiene el negro cuando se quema? (The Gold War Part 1), University of Arizona Museum of Art, Tucson, AZ (2018); y The Belhaven Republic (A Delta Blues), University of Memphis Galleries A and B, Memphis, TN (2017). La obra de Rashid está representada en las colecciones públicas del Brooklyn Museum, Brooklyn, NY; Hudson River Museum, Yonkers, NY; Jorge Pérez Collection, Miami, FL; Mount Holyoke Art Museum, South Hadley, MA; Nevada Museum of Art, Reno, NV; Ruth and Elmer Wellin Museum of Art at Hamilton College, Clinton, NY; Santa Barbara Museum of Art, Santa Barbara, CA; Wadsworth Atheneum Museum of Art, Hartford, CT; y el Zeitz Museum of Contemporary Art Africa, Ciudad del Cabo, Sudáfrica, entre otros.

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